La guerra se hace o se elude. Se sabe con qué motivaciones se cuenta para participar en ella, o, por contra, qué patentes razones la sitúan en el universo ajeno, el territorio de otros.
Por supuesto, es factible incluso urdir, inventar la guerra. Así como darle la espalda si se dispone de la pertinente opción, ponderada -o no tanto- opción.
La lucha procede cuando la batalla es la correcta. El despropósito mayúsculo es el verse inopinadamente impelido al retoce y renqueo en el barro indecente y obsceno de las pestilentes trincheras de una guerra en que nunca se solicitó tomar parte.
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