RADICAL VASCO

                                                                            6 Dic '16

A principios de la década de los 80, el País Vasco estaba convirtiéndose en un hervidero social de difícil contención. Al azote brutal del terrorismo en esa época, lo que fue bautizado posteriormente como los "años de plomo", se añadía una efervescencia callejera en muchas localidades que apenas contaba con precedentes registrados. Agitación, protestas de múltiples frentes, encapuchados, incendios urbanos, barricadas, cócteles molotov, "kale borroka" por doquier, enfrentamientos cotidianos con fuerzas del orden. Era el escenario habitual con que topaba día sí y el otro también el españolito de turno que conectaba el Telediario de la única cadena de televisión existente.
 Realmente, cabe apelar al dicho "habría que haber vivido allí" para tener opciones consistentes de comprender quizá los resortes básicos que se constituían en el engranaje de toda aquella rueda implacable, de todo aquel carrusel ingente y desbocado.
 Pero yo vengo aquí a hablar de música. De la música contundente que nació en aquel escenario tan peculiar. De los artífices y los acordes que parecían maridar milimétricamente con todo ese tinglado social, político y vivencial que nadie veía cómo sosegar o aplacar, allí. De lo que acabó llamándose nada menos que Rock Radical Vasco.
 No muchos años después, hacia el verano del '86, unos cuantos pendejos de diecisiete años lo flipábamos en las noches del bar Roldán de Sabi, en plenas fiestas del patrón Santiago, con las canciones de ritmo ska desaforado del grupo Kortatu, creado por los irundarras hermanos Muguruza hacia el '84. Algo desconocido, nuevo; guitarras descerrajando a tumba abierta lo que parecían ecos salvajes de aquellos días viscerales en Euskadi. Allí nos volvíamos medio locos también nosotros entre las birras y las notas aguerridas del Sarri Sarri, el Sandinista, la revuelta del frenopático, y todo aquel percal. Con aquellas letras contundentes, repartidas entre el castellano y el euskera, a las que tampoco nos era muy necesario atender con detenimiento. Simplemente nos parecía algo capaz de colocar en inmediata efervescencia hasta la última de nuestras células del tuétano...



 Casi acto seguido, ya instalado en Madrid para los estudios, di en el Rastro con una de esas cintas piratas que vendían por doscientas pelas en algún puesto, con fotocopia en blanco y negro de la carátula original, de -atención al nombre del combo- La Polla Records. La banda alavesa de Salvatierra creada por el vocalista super punk Evaristo Páramos, aunque éste portaba origen gallego. Lo más punk de entre lo punk, los Sex Pistols vascos generosos en revoluciones, la irreverencia musical más desaforada que se podía enarbolar por entonces. Lo cierto es que yo me lo pasaba como un enano voceando sus letras desgarradas (el manido "no future" en diversas pero complementarias propuestas); las calles, los maderos, la opresión, el capitalismo fascista, las expectativas inviolablemente truncadas. Allí, con un radio-cassette gris que lo soportaba todo, el tío, en el salón de casa de mi abuela, en cuanto tenía dos cuartos de hora tras desertar de los farragosos apuntes de la facultad...


 De Santurce eran los Eskorbuto (...lo cierto es que los nombrecitos de las bandas ya eran tela marinera), el grupo de punk en castellano de Iosu Expósito y Juanma Suárez, ambos fallecidos a principios de la década siguiente como consecuencia de sus adicciones a la letal droga parenteral. De amplia creatividad pese al estado de salud con que batallaban frecuentemente sus dos principales miembros, dejaron el legado de un buen puñado de himnos electrizantes que la parroquia enfervorizada coreaba al unísono en sus conciertos en pequeñas salas y antros.
 Aparte estos nombres referentes, quedó como hito en el recuerdo el llamado "disco de los cuatro", que los Kortatu grabaron conjuntamente con Cicatriz (otra importante banda del "gremio" radical), Jotakie y Kontuz Hi, bajo el sello Soñúa. Y más nombres; RIP, Hertzainak (fundamentales también, estos dos); los pioneros Zarama; Subversión X, MCD...
 No a todos ellos les agradaba incondicionalmente lo de la etiqueta "rock radical vasco"; había quienes reivindicaban su fondo de independencia musical y de personalidad creativa propia, sin necesidad de marcas ni banderas. Pero no es menos cierto que las afinidades colectivas resultaban flagrantes.



 En definitiva, que hasta que llegaron más tarde los Duncan Dhu, los Van Gogh con su oreja y los Alex Ubago por aquellos lares, quienes empezábamos a afeitarnos y sobrenadar en hormonas en aquellos anteriores años irrepetibles pudimos zambullirnos con grata perplejidad inicial -y subsiguiente deleite incuestionable- en aquel turbulento mar de acordes desaforados provenientes de esas tres agitadas provincias del norte; acordes y mensajes que no volvieron a contar con un relevo de tamaña y volcánica revelación.





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