LLAMAS EN EL PARAMO IGNIFUGO

                                                                         
                                                                                           12 Abr '16

 En ocasiones, la sangre es bombeada hacia las arterias con un fragor consistente, bajo la impronta de una pulsión estrepitosa. Golpea furiosa las paredes de los vasos, y su flujo desbocado promete aventurar plegarias de batalla.
 El abnegado, expuesto usuario propietario de la misma, se ve entonces impelido al transcurso por un sendero indómito, maldiciente, quizás apocalíptico. Pergeña, acuciado por el desasosiego, su más urgente salida a la flagrante ecuación, y conjetura su atosigante balance de réditos inminentes, escandalosos.
 Las almas vociferan su atronador silencio omnisciente. Se entregan, denodadas, al influjo de su danza más procaz, bajo el obsceno arbitrio de unos parámetros onerosos, implacables, posiblemente falaces. El tablero de ajedrez despliega entonces una encrucijada de opciones que corta el aliento al mismísimo apóstol de la eternidad.
 El sudor brota desde las sienes, generoso, casi ufano, con ínfulas de cabal protagonismo.
 El corazón, ese infatigable guerrero en permanente línea de vanguardia, vigila el resto de líneas de combate upado en una atalaya prominente pero frágil, siempre solícito al auxilio más clamoroso, a la decisión más acuciante y postrera.
 Por su parte, el cerebro, desde su puente de mando de dudoso predicamento, expande las líneas rojas del instinto más brutal, y subyace compungido al taxativo vaivén que los latidos viscerales proponen, exhiben y ejecutan impertérritos, espartanos.

 “Cada noche los cuerpos ardían en una hoguera de propósitos inciertos, inflamados de palabras, como brazos que se agitan. La seguridad ilusoria del presente se desvanecía, huyendo en relojes de cifra incomprensible. Ni casa, ni tierra.
 El viaje es un vaivén del miedo a la alegría, de la insensatez a un extraño conocimiento, ajeno, sin límites. Tan pronto el pasado hacía girar sus amenazas cual palo de ciego sobre nuestras cabezas, como la oscura presencia de un ser futuro presionaba en nuestro interior con dedos negros, real como el espacio que no podremos abarcar jamás.
 El viaje es una guerra que no acabó en su día.

Ciudades que los ojos no retuvieron al pasar y pese a todo dejaron una huella secreta e imborrable. Campos ardiendo a ambos lados de la carretera. Rostros entre las llamas, desconocidos o familiares, haciendo señas a la pasión. Como fotografías, recuerdos ya de lo que aún no ha sucedido. Las fotos son fuego también para los ojos, con esa fijeza enrarecida. La música será más fiel que las palabras, cuando no esconda palabras nunca dichas. La música es la alquimia de los cuerpos.
 Al fuego, pues, las fotos. Y los cuerpos, al fuego, que fertiliza las tierras áridas y espinosas. Los hijos de la pasión crecerán con un estigma imborrable en la frente. ¿Pero, quién reconocerá el rostro del que regresa de un país en llamas, para dar vida al orden que aprendió del caos?”


                         ("De un país en llamas";  Radio Futura   1.985)



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