Brotó un día, seguramente más bien un temprano
día.
Otro día, comenzó a resultar notoria, chocante,
…elocuente.
No mucho después, era ya todo un hecho, una coti-dianidad puntual,
erosiva, procaz.
Posiblemente, habrá unas razones. Nadie
imagina cuántas veces he elucubrado a este respecto. Pero sé también que la
condición esencial debe radicar en conservar ese misterio, guardarlo con celo
en el cofre de lo terre-nalmente vedado. Al menos, por el momento.
Los peones, los intérpretes escogidos para
cada escena desplegaron su rol afanosos y eficaces. He de reconocer que, sin
duda, el “casting” deparó unos frutos provechosos. Buenos ejemplares; abnegados
vástagos para una cruzada pertinaz y denodada. Menudos, en general, hijos de la
grandísima perra. Menuda calaña digna con todas las de la ley de un rincón de
honor en el museo de la insolencia.
El acoso, con sus correspondientes tentativas
de derribo, llegó a ser incesante. Verdaderamente atosigante, con incisivo
refuerzo en actos señalados, en fases selectas del escénico deambular.
En suficientes ocasiones hube de recordar,
aplicando el autoenfoque, el manido aforisma confrontador del externo empuje
aniquilador y el espartano fortalecimiento devengado.
Pues bien, ahí proseguimos. El muñeco no ha
sido aún definitivamente doblegado. Y sí, los mamporros y las cicatrices han
otorgado al fin una cierta coraza consistente. El pim-pam-pum podrá continuar,
si bien, en tal caso, desconocemos “por aquí” el propósito en cuanto a
persistencia e intensidad.
Y, eso, habrá quizá unas razones. Habrá lo que
haya de haber. O igual no hay un carajo. A lo mejor un día doy con la llave del
cofre y soltamos entre todos por fin la misteriosa gallina.
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