ESE MAGICO CONTINENTE


                                                                                                               6 Jun '15



 Exorbitado, diferente, brutal; a menudo inconcebible, conceptual y analíticamente inabarcable… Casi todos los calificativos proclives a la exageración caben a la hora de aludir al, también, más mágico de todos los continentes.
 Su nombre, sí, es Africa.
 De entrada, hasta la propia silueta de su hechura le otorga una complexión única, arrogante, maciza y definitiva. Somos muchos ya a quienes nos modifica en el acto muchas constantes vitales la sola visión, sobre un mapa, de la conjunción de esa prominencia ventral al oeste, con ese pico mayormente llamado cuerno en el flanco opuesto, y con esa continuación compacta hacia el sur en apolínea proporción hasta el extremo romo que cede apaciblemente al encuentro de los dos océanos.
 En su interior, la idea del desierto inhóspito y ardiente, de la selva acechante y descomunal, la sabana extasiante y magnífica, las montañas míticas y nebulosas, y esos ríos desbocados y todavía misteriosos que horadan imperialmente el territorio, sugiere el indómito mosaico sin parangón que únicamente puede dejar indiferentes a los más empedernidos pusilánimes.
 Africa es, por excelencia, el reino de lo sensorial. Su luz del mediodía no se concibe en cualquier otro rincón del orbe. Se trata de una luminosidad distinta, absoluta, inolvidable. Si, transcurrida la jornada, uno asiste a una puesta de sol providencial en el Serengeti, en el valle del Luangwa o en el delta del Okawango, irremediablemente se sentirá invitado al umbral de acceso al mismísimo paraíso.
 El olor de la tierra -húmeda o seca-, del aire y de la vegetación se apoderan igualmente de la inocente pituitaria del debutante, así como de la del reincidente insaciable. El aroma de esa naturaleza desbocada y primigenia, provista de los toques de ese trasfondo salvaje que palpita en cada confín, únicamente puede deparar una impronta de exclusiva e imperecedera patente.
 Los sonidos de la naturaleza justifican por sí solos toda incursión en territorio africano. Desde las ráfagas de aire revolviendo briznas de vegetación, al fragor de una tormenta repentina y apocalíptica. Desde la letanía incansable de los insectos rasgando las horas centrales de la jornada, hasta los más evocadores decibelios obra y gracia de águilas pescadoras, pigargos vocingleros, y, desde luego, el ronquido ensordecedor del orondo hipopótamo, la risotada gélidamente siniestra de la hiena y el nocturno e impávido rugido del felino rey. Todo ello completa una gama insuperable que se grabará a fuego en todo aquél que profane tan inaudita y trepidante realidad.
 Hasta el mero contacto en la piel del aire cálido del día o del ya más apacible frescor del crepúsculo pretenden imprimir un sello propio y especial en el profano que se aventura en este continente vasto y diferencial. El abrazo envolvente del astro rey confiere la más taxativa rúbrica en el cuerpo y el alma. Como ningún otro imponderable, somete los biorritmos a su poderío y ejecuta su inapelable dictamen.




 Y sí, sobre este tapiz verde y ocre de descomunal e inveterada belleza, sobre este edén primigenio donde toda expresión de naturaleza magnánima es concebible, aquí, en esta Africa tremenda, distinta e innegociable, es donde se abre también el escenario en el que novecientos millones de almas exigidas hasta la infinitud de unas circunstancias implacables despliegan, día a día, minuto a minuto, siglo a siglo, la resultante de una cotidianidad tan radicalmente desbordante, tan drásticamente apabullante como sólo cabe imaginar en un entorno de tamaña singularidad, de semejante concepción irresoluble. La muerte y la vida, aquí, oscilan al vaivén de una danza inasequible y pérfida que a tumba abierta oculta en la manga los naipes decisivos de una partida cruda y sempiterna, una partida de reglas indescifrables y diabólicas.

 No, amigos. Vivir, sentir, profanar Africa no puede en modo alguno dejar indiferente a ningún ser humano con una mínima conciencia de sí mismo, con un mínimo rastro de sentimiento en sus entrañas.





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