ATOLLADERO


                                                                                                                   18 Feb '15

 Diecinueve. Greñas. Minis en Moncloa. Facultad llena de chorbas. Aquellos sábados tarde noche en que bullía la zona de Galaxia, Isaac Peral. Los bajos de Aurrerá. Rock and roll por doquier. Las feromonas abonadas a la pituitaria; las hormonas dando brincos acrobáticos por las arterias. De vez en cuando, en realidad no muchas, alguna calada a un peta siempre compartido.
Presuntos amigos.
Aún más virgen que todas las cosas; mecagüenlapenanegra. No había manera. Normalmente, ni un mal beso.
El mundo parecía querer explotar en tus manos, ese mundo irracional que a veces era un caramelo y otras el mayor esperpento imaginable.
Un estudiante de provincias en el irresistible frenesí de la capital, imbuido en la fascinación de las innumerables tentaciones. Si este finde no ha cuajado a plena satisfacción, a buen seguro habrá de ser el siguiente. Y te enrollarás con ella. ¿Con quién? Con la que sea; no tenías especiales preferencias.
 El Barullo, a menudo para empezar. La Hípica y sus rectilíneos minis cilíndricos. El Okela-Nuevo Mundo, siempre algo especial. El Puzzle; allí proliferaba el chorberío. Los Chapandaz y su leche de pantera manando de las estalactitas del techo. En los bajos, La Trainera, por supuesto; que no falten Kortatu y La Polla Records. También, el Ibiza, más pijete. Algo más tarde, Espejos, donde había hora feliz y te ponías hasta el culo por cuatro mangos. Que no eran “tan” cuatro en la precaria economía estudiantil. Pero lo parecían.
Medio tostaos, o más bien bastante cocidos, a por un par de bocatas mugrientos a las dos y media de la madrugada en aquel atestado (por otros compañeros cofrades de Santa Etilia) bareto benditamente guarrete en Hilarión Eslava, frente a uno de los accesos de Aurrerá. ¿O era Gaztambide..? Anchoas con pimiento, chorizo frito, chistorra, calamares… El pan era calamitoso, pero sentaban de putísima madre. Costaban de ochenta pelas a veinte duros; la mitad  de un euro actual.  Otra vez a La Trainera, con la panza más contenta, a vociferar el Sarri Sarri o el Muy punk, muy punk…
 No siempre sentías que podías hacerte con todo ello, con todo aquello. Siempre parecía faltar algo. Y sobrar, por supuesto, también, demasiados lances burdamente enconados. Pocas manos y parca mente para semejante crisol lisérgico e inabarcable…
 San Isidro y los míticos conciertos gratuitos en el Rockodromo. Siniestro, el Loco, la Mondragón; hasta Genesis tocó en aquel ’87… (aunque creo que ése fue de pago..).
Fiestas del sábado noche en el piso compartido del compañero riojano de la Avenida de Valladolid. Invitábamos a las compañeras de clase. Venían siete u ocho, pero no nos comíamos un carajo. A cambio, nos agarrábamos –sólo nosotros- unas cogorzas que no se las saltaba el bombero torero. Ginebra barata con cola; aún recuerdo el olor y la velocidad del trasiego. En una ocasión, unos pocos meamos desde el balcón; qué cabrones. Cuando nos queríamos dar cuenta y nos veíamos envalentonaos, ellas empezaban a pirarse. Una vez, empero, una se pilló un pedo que creíamos –y creía ella- que se moría allí mismo. Algunos, en plena bolinga, le tocamos solapadamente el culo.
 Inconexiones, deslustre, vértigo ante la extrañeza por el mundo, por su propuesta. Por el enajenado papel que el joven intérprete advierte estar desplegando en tan implacable escenario. Sensación atosigante de que aquello hacía oídos sordos a los más elementales reclamos de una lógica y visión inexpertas, implorantes, por momentos devastadas.
 El desatino apretaba fuerte, casi con toda su alma. El ramplón y obligado parche de recurso a duras penas contenía la hemorragia. Mas se intentaba; no había otra que apretar los piños y crispar los puños.
 Atolladero. Esa ciudad inclemente, trepidante; esos aborígenes que podían ser extraterrestres, que interpretaban la pieza en una clave enigmática, quizás de exclusiva patente.
 El final de los estudios quedaba aún lejísimos. El aliento de la zozobra, por contra, no se despegaba jamás del cogote.
El atolladero era un gigante que carcajeaba gozoso exhibiendo imponentes dientes de oro…


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